Hay algo particular en los bordes de los países: una energía de umbral, de transición, que los interiores no tienen. Jimaní tiene esa energía multiplicada por la distancia geográfica que la separa de los centros del país y por la proximidad con un vecino que es al mismo tiempo familiar y radicalmente diferente.
La vida en el borde
Los jimanicenses llevan siglos viviendo en la frontera con una naturalidad que los visitantes de las ciudades del este dominicano no pueden imaginar. El creole se escucha en el mercado. Los productos haitianos —artesanías, carbón, ropa bordada— están en las tiendas. Los vecinos tienen familia al otro lado del puente. La frontera es una realidad cotidiana, no un concepto político.