Hay una historia fundacional detrás de Las Terrenas que explica por qué este pueblo tiene boulangeries y bistros en la misma calle que los colmados y los puestos de mangú. En los años 80, un grupo de hippies y aventureros franceses llegó a esta playa completamente remota de Samaná buscando exactamente lo que encontraron: aislamiento, naturaleza extraordinaria y la posibilidad de construir algo desde cero.
Los pioneros
Jean-Claude Aubert fue uno de los primeros. Llegó en los años 80, abrió una pequeña pensión y empezó a correr la voz en los círculos de viajeros europeos. Otros lo siguieron: carpinteros, cocineros, agricultores, exmarine, jubilados prematuros. La comunidad creció orgánicamente sin plan urbanístico ni inversión hotelera.
La mezcla que resultó
El resultado de cuarenta años de convivencia entre una comunidad dominicana de pescadores y una comunidad de expatriados europeos es algo que no se puede planificar ni reproducir: una cultura mestiza genuina donde el merengue y el jazz conviven en el mismo bar, donde los hijos de los franceses hablan español con acento cibaeño y los hijos de los pescadores atienden restaurantes en francés.
Por qué sigue siendo especial
Las Terrenas podría haberse convertido en el siguiente Punta Cana: hubo proyectos de grandes resorts que no prosperaron (algunos por fortuna, otros por accidente del mercado). Lo que quedó es un destino de escala humana donde el desarrollo turístico y la vida local siguen coexistiendo.